2×1 en museos

2×1 en museos

29 septiembre, 2021 2 By Manu

Antes de seguir adelante te recomiendo leer el post anterior Hofbräuhaus, una experiencia de aquellas

Es probable que mi interés e insistencia hayan hecho de los museos los protagonistas del último día en Múnich. A esta altura ya conocerán mi debilidad por estar parado frente a magníficas obras de geniales artistas.

Además, quiero recalcar que ya llevábamos 5 días en Europa y no había entrado a un solo museo; toda una muestra de fuerza de voluntad de mi parte. Pero por suerte, para mí al menos, había llegado el momento de complacerme.

Temprano, como de costumbre, nos dirigimos hacia el casco histórico con el mero objetivo de desayunar en uno de los tantos cafés que pululan por allí. De hecho, nos quedaba de paso hacia nuestro destino ulterior emplazado en una isla del río Isar y bautizado como Deutsches Museum.

Deutsches Museum
"Eingang" del museo
Deutsches Museum río
Apostado a lo largo del río Isar

Sin embargo, les advierto que en este museo las pinturas y esculturas brillan por su ausencia. El Deutsches Museum es reconocido por ser el museo de ciencia y técnica más grande e importante del mundo.

Apenas ingresamos ya teníamos frente a nosotros infinidad de engranajes, tuercas, cables y tornillos tamaño industrial. Unos metros más adentro no era raro encontrar navíos enteros en exposición y aviones de época colgando de los techos.

Barco en museo
Este naufragó fuerte...

Los amplios salones eran verdaderos relicarios de todo tipo de maquinaria partícipe del devenir de la vasta historia de la tecnología. Entre las áreas que visitamos en este inmenso museo se destacaron la astronomía, electricidad, comercio, química, física, electrónica, metalurgia, navegación, aviación, agricultura, radiodifusión, música, ingeniería, energías fósiles y renovables, biología, biotecnología e informática.

Miren si será enorme el lugar que hasta tiene una descomunal reproducción de una mina subterránea que se extiende por casi toda su superficie. De hecho, hubo momentos en los que se nos dificultó ubicarnos y tuvimos que volver varias veces sobres nuestros pasos.

Deutsches Museum salón
Postal del museo: engranajes y cables

Además de recorrer sus pasillos, pudimos ser testigos de una de las atracciones más populares del museo: la simulación de un rayo. Básicamente la experiencia consistió en una descarga de casi 800.000 volts que duró menos que un pestañeo pero cuya potencia generó un estruendo que por poco no me dejó sordo.

El aspecto del recinto donde tuvo dicha demostración me dio la sensación de haber viajado en el tiempo hacia el laboratorio del mismísimo Nikola Tesla.

Tesla
No metas los deditos ahí

El Deutsches Museum me pareció un lugar tan increíble como abrumador. Me refiero a que la mayoría de su contenido me superaba ampliamente y se me hizo dificultosa su apreciación.

Por otro lado, algunos carteles explicando lo que tenía ante mí estaban en pleno alemán. Imaginen que si de arranque es un idioma complicado, lo que debe ser cuando encima se le inmiscuyen términos bien técnicos…

No obstante, creo firmemente que, así como los musulmanes a la Meca, todos los ingenieros del mundo deberían ir por lo menos una vez en la vida a este museo.

Nintendo
La Nintendo en un museo!!! Yo la jugaba de chiquito
Logo

Luego del insoslayable paso por un gift shop abarrotado de juegos de ingenio y juguetes para armar que iban en sintonía con el museo, fuimos a por un almuerzo ligero a sabiendas que aún restaba mucho por recorrer.

A pocas cuadras del río nos encontramos con la circular y florida Gärtnerplatz, punto de referencia a la hora de ir a comer o tomar algo por allí. La placita era tan pequeña como hermosa, cuidada al más mínimo detalle y circundada por edificios que competían con su belleza.

Gärtnerplatz
Hermosos colores en Gärtnerplatz

Dado que el siguiente museo del día quedaba a unas escasas 6 cuadras de nuestro departamento, tuvimos que regresar atravesando el centro de Múnich. Pero no vayan a creer que ello fue una molestia, en absoluto. Podría recorrer mil veces aquella zona y siempre encontraría algo nuevo y asombroso esperándome.

Tal fue el caso de un pequeño callejón llamado Viscardigasse que, a simple vista, no parecía tener mayor trascendencia. Sin embargo, al fijar la mirada sobre la calle pudimos observar una hilera zigzagueante de adoquines dorados que marcaban un corto camino.

Aquel camino amarillo, que nada tiene que ver con el del Mago de Oz, posee un trasfondo de intenso contenido político y emocional.

Viscardigasse
El triste camino de Viscardigasse

Resulta que el 9 de noviembre de 1923 una marcha liderada por un joven Hitler y demás escorias del partido nacionalsocialista buscaron dar un golpe de estado. Para ello, comenzaron su gesta en el Ministerio de Guerra Bávaro para luego dirigirse hacia Berlín.

El recorrido de dicha marcha incluía una calle llamada Residenzstrasse, poco antes de llegar a la icónica plaza Odeonplatz. El caso es que el gobierno alemán de por entonces se anticipó a dicha rebelión y la situación devino en un enfrentamiento entre la policía y los “manifestantes” con un saldo de 20 muertos y el encarcelamiento de Hitler.

Lo cierto es que, tan solo 10 años más tarde, Hitler sería el nuevo Canciller y, para recordar el décimo aniversario de aquel fallido golpe de Estado, resolvió poner una importante placa conmemorativa en ese tramo de Residenzstrasse donde se produjeron los desmanes.

El lugar era tan especial para Hitler que hasta ordenó colocar una guardia permanente de la SS la cual obligaba a todo transeúnte a realizar el saludo nazi para honrar a los miembros del partido fallecidos aquel día.

¿Qué tiene que ver Viscardigasse con todo esto? Pues bien, este callejón se encuentra justo antes de acceder a aquella cuadra por lo que era aprovechado por todo opositor al régimen para desviar su trayecto y así evitar realizar el saludo nazi.

Lamentablemente, algunos guardias de la SS se avivaron de este accionar y comenzaron a identificar y detener a todos aquellos que esquivaban ese camino. El destino de muchos de ellos sería el campo de concentración de Dachau al noroeste de la ciudad.

Odeonsplatz
Odeonsplatz, un ícono de la ciudad a una cuadra de Viscardigasse

Ya promediando las 3 de la tarde, llegamos a la fantástica Alte Pinakothek de Múnich donde decidimos darnos un par de horas por separado para recorrer tranquilos.

El museo tenía colgando en sus paredes cantidad de obras pergeñadas por un verdadero plantel de lujo: Durero, Van Dyck, Rubens, Botticelli, Rafael, Tiziano, Velázquez, Goya, El Bosco, Van Gogh, Gaugin, Klimt, Manet, Monet, Degas y Cézzane entre otros.

Sin ser un conocedor de arte, hubo varias pinturas que llamaron mi atención ya sea por tener la sensación de haberlas visto antes o meramente por su belleza. En este grupo destacaron el Autorretrato con falda de piel de Durero y La caída de los condenados y El gran juicio final de Rubens, este último de un tamaño descomunal.

La caída de los condenados
La caida de los condenados
Juicio final Rubens
El gran juicio final

Sin embargo, gracias a mi manía de mirar cuadro por cuadro, me llevé una enorme sorpresa al descubrir la Virgen del Clavel, obra del único e irrepetible Leonardo Da Vinci. El poder ser testigo directo de las pinceladas de quien es el arquetipo de genio me movilizó sobremanera.

Pero también lo hizo el saber que tan solo existen 15 pinturas a las cuales se les atribuye indiscutidamente su autoría. Y yo estaba frente a una de ellas…

La Virgen del clavel
La Virgen del clavel

Empachado del arte que me gusta, me reencontré con mis hermanos y decidimos continuar el festín con una merienda bipartita. En primera instancia fuimos a una confitería para degustar un buen café y algunas cosas dulces (mi debilidad).

Luego, seguimos paseando para desembocar en un bar bastante concurrido donde mis hermanos disfrutaron una oscura cerveza germana. Por mi parte, experimenté nuevamente el destrato del servicio alemán cuando el barman me dijo: “¿Para qué te sentás si no vas a tomar nada?”.

Cerveza
La cerveza que no me tomé

En este punto ya empezaba a interpretar ese comportamiento para con los clientes como algo cultural y hasta pintoresco. Más allá de ello, nuestra corta estadía en el bar nos vino de mil maravillas para evadir un intenso diluvio que se desató por una breve media hora.

Una vez concluido el vendaval, nos retiramos hacia nuestra morada para preparar las valijas ya que al día siguiente nos esperaba un tren tempranero que nos sacaría de Alemania para depositarnos en la austríaca ciudad de Linz.

No te pierdas como sigue este viaje en el siguiente post La pequeña Linz

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