La pequeña Linz

La pequeña Linz

20 octubre, 2021 0 By Manu

Antes de seguir adelante te recomiendo leer el post anterior 2×1 en museos

Tan solo 3 horas en tren nos demandó cruzar esa frontera invisible que comparten los países miembros de la Eurozona. Debimos superar las ganas de conocer más en profundidad la sorprendente Múnich para dar paso a la expectativa que trae consigo descubrir un nuevo país.

Fue así que, con esas ansias por explorar nuevos destinos, arribamos aquel mediodía a la austríaca ciudad de Linz.

Estratégicamente proyectado de antemano, el hotel escogido para nuestra estadía de dos noches se encontraba a casi 2 cuadras de la terminal. Esa cercanía a la estación de trenes Linz HBF maridaba brillantemente con el nombre de nuestra flamante morada: el Lokomotive.

Un pequeño jardín con algunas mesitas y una sombrilla antecedían la entrada del lugar. Por dentro la decoración parecía ser la de un hotel que buscaba dejar atrás los años ´80 para aggiornarse con recursos estilísticos más afines a los tiempos que corren.

Sospecho que dicha actualización estética debe haber comenzado por las habitaciones ya que la que nos tocó en suerte resultó muy bonita, moderna y cómoda. Tres camas, una zona de estar con mesa y sillas, un baño espacioso y toda la luz del sol.

Hotel Lokomotive
Nuestra habitación en el Lokomotive

Tras repartirnos las camas y acomodar un poco las valijas, nos dimos cuenta de que el mediodía decía presente con sus consecuentes ganas de almorzar. A poco de salir empezamos a caminar por la impronunciable calle Weingartshofstrasse con la idea de meternos en el primer restaurante que asomara.

Yo no sé si porque era día de semana, por el calor o por la hora, pero no había nadie en la calle. Parecía que todos se habían ido a dormir la siesta. También es cierto que no estábamos muy cerca del centro de la ciudad, pero Linz tampoco es muy grande que digamos…

Buscando
Buscando con cara de hambre

Afortunadamente nuestra búsqueda culminó prontamente ante la aparición de un restaurant llamado ROSSO di Acqua e Sole. Bien austríaco, no?

Nomás ingresar nos dimos cuenta de que ese iba a ser uno de los almuerzos más caros de nuestra visita al viejo continente. Con nuestro mejor aspecto de turistas avanzamos unos metros buscando una mesa para sentarnos.

A ver, mesas disponibles sobraban. Pero ese tiempo en el que uno parece estar en búsqueda de un lugar para ubicarse, realmente lo está utilizando para echar un vistazo y tratar de interiorizarse con el ambiente. Pues bien, nuestra primera impresión fue la de estar entrando más a una boutique que a un restaurant.

La música ambiente, los comensales de traje, las luminarias Art Deco y la multiplicidad de estantes sosteniendo velas, vinos, arreglos florales y canastas de mimbre nos hicieron sentir como sapos de otro pozo. Pero el hambre pudo más y nos ubicamos con toda la confianza que confiere el saber que uno es un cliente más.

Los precios del menú iban a tono con el resto del lugar pero decidimos no prestarles atención ya que, después de todo, los gustos hay que dárselos en vida. Mi elección aquel mediodía fue un osobuco con Gremolata y risotto con azafrán que estaba para chuparse los dedos.

Osobuco
Mi osobuco con Gremolata

Pero la estrella del almuerzo fue el plato que se pidió mi hermano mayor: ravioles de pollo con crema y finas láminas de trufas. Trae el champagne y estamos listos.

Luego de lamer la última gota de salsa de nuestros platos y de dejar un riñón para pagar la cuenta, nos retiramos plenamente satisfechos para comenzar a conocer la ciudad.

Trufas
Sus ravioles con trufas

Paseando por las calles descubrimos una ciudad europea que aparentaba haber detenido su crecimiento para salvaguardar su encanto. Y eso que es la tercera ciudad más grande de Austria.

La arquitectura de sus edificios deambulaba entre lo moderno y lo clásico pero siempre con pocos pisos de altura en su haber. El notorio cablerío de los tranvías parecía buscar cubrir la ausencia de peatones en las calles.

Ciudad Linz
Cables entrelazados por la ciudad
Ciudad Linz
Se ve que el amarillo estaba de moda

Tras recorrer unas cuadras en dirección norte, nos encontramos con la monstruosa catedral de Mariendom (actualmente llamada Catedral Nueva de Linz). La construcción es tan grande que ocupa toda una manzana y cada centímetro de su fachada está invadido por el estilo gótico. De hecho, es la iglesia más grande de Austria.

Mariendom
La majestuosa catedral de Mariendom

Luego de buscar el mejor ángulo para cuadrarme en una selfie junto con su inmensidad, nos aventuramos a sus adentros. Lo magistral de su exterior no tenía nada que envidiarle a lo imponente de su interior.

La vasta nave principal, su techo cubierto de arcos sostenidos por columnas de hermosos capiteles y los siempre maravillosos vitrales conjugaban para convertirse en un regalo para la vista.

El altar aparentemente modesto en comparación con el resto del recinto y el órgano ubicado sobre la entrada se sumaban a la fantástica escena mientras mi cuello se cansaba de mirar tanto para arriba. Por si ello fuera poco, el lugar estaba prácticamente vacío lo que convirtió al silencio en un partícipe siempre bienvenido de aquella visita.

Mariendom
Tan simétrica que emociona
Mariendom
Vitrales infaltables

Conforme nos íbamos acercando al centro histórico, los esquivos lincienses comenzaban a aflorar. Tras pasar de refilón por la amarilla fachada de la Iglesia Ursulina dedicada al arcángel Miguel, desembocamos en la céntrica Hauptplatz, una zona abierta y de intensa vida social.

Esta larga plaza con desembocadura en el Danubio se halla flanqueada por dos calles homónimas en las que tanto tranvías como colectivos van y vienen sin cesar. Sobre los márgenes de estas calles los negocios están a la orden del día (cafés y souvenirs a la cabeza).

Hauptplatz
Hauptplatz, el centro de Linz

Hauptplatz, que ostenta el curioso mérito de ser una de las plazas rectangulares más grandes de Europa, tiene como atracción principal la Columna de la Trinidad. Este pilar de casi 20 metros de altura fue erigido en gratitud por haber sobrevivido a diferentes desastres como incendios, guerras y plagas.

Amén de lo bonito de tal monumento de cúspide dorada, el lugar ofició de zona de descanso para mis hermanos que se congraciaron con un helado mientras yo recorría los negocios de recuerdos.

Columna de la peste Linz
La columna dedicada a la superviviencia contra las desgracias

Finalizados los helados, nos abrimos camino por una de las callecitas laterales de la plaza a fin de pasar por la entrada de la casa que cobijó al imprescindible Johannes Kepler desde 1613 a 1620.

Para quienes no lo conocen, Kepler fue el astrónomo responsable de, entre otras cosas, descubrir la trayectoria elíptica de los cuerpos celestes. Además, como todo genio, tenía un costado esotérico que lo llevó a creer en la existencia de una melodía subyacente en las matemáticas y las distancias entre los planetas.

Tengo una consideración especial para con este científico ya que, al momento de rendir el final de la materia Historia de la Ciencia durante mi carrera, nos propusieron una lista de libros para exponer desde un punto de vista Histórico-científico.

Vaya uno a saber por qué, pero yo elegí leer la biografía de Kepler y pude descubrir los insufribles tormentos que transitó durante su vida. Desgracias que no lo detuvieron a la hora de perseguir su obsesión científica y cuya obra lo colocó en el Olimpo de la ciencia para toda la eternidad.

Kepler
La morada del gran Kepler durante su estancia en Linz

Con las ganas de seguir conociendo a tope, emprendimos una caminata de media hora en dirección hacia el Mural Harbour Gallery por iniciativa de mi hermano mayor. Tengo la sospecha de que durante el trayecto traspasamos la propiedad privada de alguna que otra fábrica. Por momentos éramos los únicos de aspecto turista en circunstancias donde los galpones y la maquinaria dominaban la escena.

No obstante lo cual, en ningún momento saltamos ninguna reja ni nos realizaron ningún control; solo caminamos derecho y procuramos evitar todo contacto visual con las pocas personas que nos cruzamos. Aún al día de hoy creo que eran operarios que nos miraban pensando “¿Y estos giles qué hacen acá?”.

Como su nombre lo indica, la atracción consiste en un paseo a la vera del Danubio con el puerto como protagonista y donde se pueden observar grafitis gigantes cubriendo las paredes de viejos edificios industriales. Al parecer, el Mural Harbour es la galería de grafitis y muralismos más grande de Europa con más de 300 obras de artistas de casi 30 naciones.

Graffiti Linz
Graffitis en la lejanía...
Graffiti Linz
...tamaño galpón

Ya con la tarde regalándonos sus últimas horas, emprendimos el regreso (por otro camino) hacia el centro con un destino bien claro: el Café Traxlmayr. El porqué de esta visita se justificaba primero en que teníamos hambre y segundo por el hecho de que allí servían la Linzer Torte, famosa por ser la torta más antigua del mundo.

Entiendan que lo antiguo es la receta, no vayan a creer que tiene un bizcocho todo pútrido y mohoso esperando en una vitrina para que los turistas vayan a probarlo.

Traxlmayr
El elegante menú de Traxlmayr

Sentados en una de las mesitas de afuera, se acercó un camarero a quien le pedimos, por supuesto, un par de porciones de la Linzer Torte. Ni bien escuchó nuestra petición, el señor tornó su vista hacia arriba como demostrando hastío o desprecio, al mejor estilo “camarero de Hofbräuhaus”.

Con mis hermanos nos miramos algo extrañados y le preguntamos si no le gustaba la torta a lo que nos contestó lisa y llanamente: “La odio”. Imagino que debía estar harto de recibir el mismo pedido día tras día, semana tras semana, año tras año.

Sin embargo, a los pocos segundos nos sonrío y nos dimos cuenta de que todo era una chanza y nos estaba jugando una broma. Un fenómeno el tipo.

Linzertarte
La famosa Linzer Torte

Debo confesar que la Linzer Torte me pareció una mera pastafrola con nombre y presentación rimbombantes. Pero el hecho de estar merendando en un lugar tan agradable con mis hermanos hizo que supiera cual manjar.

Ahora que lo pienso, Linz se jacta bastante de ser sede de varias atracciones que entran en la categoría de “Más (inserte adjetivo aquí) de Europa”. Bien jugado Linz, bien jugado.

No te pierdas como sigue este viaje en el siguiente post Pasado y futuro sobre el Danubio

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