Unas Filipinas más playeras

Unas Filipinas más playeras

19 noviembre, 2020 0 By Manu

Antes de seguir adelante te recomiendo leer el post anterior Un popurrí de Cebú

Trasnoche de por medio en el avión, llegamos pasadas las 9 de la mañana al aeropuerto de Puerto Princesa en la isla de Palawan. Ni bien recogimos nuestras valijas nos subimos de un salto a una camioneta que nos esperaba en la puerta para trasladarnos en dirección norte hacia el pueblito de El Nido.

Como quien no tiene nada que perder, el conductor nos llevó a toda velocidad, tomando cada curva por los pianitos y pisteando como un campeón durante 5 horas a través del verdísimo paisaje de la campiña filipina. El único momento de sosiego lo tuvimos cuando frenamos unos minutos para almorzar y agradecer que aún siguiéramos vivos.

Por un lado comprendo que el chofer tuviera otras 5 horas de regreso para levantar más pasajeros. Pero también es verdad que de haber desbarrancado producto del frenético maniobrar, el número de su clientela se hubiera visto drásticamente reducido. Solo digo que cada uno tiene sus prioridades, nada más

Aeropuerto Palawan
¿Por qué la jirafa?
Rumbo a El Nido
Vistas del camino

Lo cierto es que de alguna manera llegamos enteros al minúsculo pueblo de El Nido y nos dirigimos directo hacia el modesto Mountain Side Inn, nuestro hostel por los próximos días.

Dado el inmenso flujo de turistas que estas latitudes suelen recibir cada temporada, encontrar un alojamiento que conjugue buenas prestaciones y bajos precios puede asemejarse más a un deseo que a una realidad.

Con toda la pinta de una casa cuya dueña decidió reacondicionar para usufructuarla como alojamiento, este hostel tenía sus habitaciones en la planta alta separadas por un pasillo abierto con balcón hacia una estrecha calle.

Esa misma callejuela estaba tan escondida que pasaba casi desapercibida y había que estar atentos para encontrarla. Especialmente si sobre sus márgenes se encontraba la entrada a dicho hostel.

Respecto de nuestros aposentos, cabe destacar que contaban con una cama de dos plazas y baño sin agua caliente y de olor un tanto fétido. El ventilador de techo perdía por goleada ante el húmedo calor omnipresente y la ventana tenía vista a un bar que gustaba de poner música hasta la medianoche. Así y todo, el desayuno estaba incluido y era bastante superador respecto del resto de las comodidades.

Callecita hostel
Callecita del hostel
Vista del hostel
Vistas naturales del hostel

Luego de ubicar nuestras valijas en el reducido espacio, salimos a dar una vuelta por el pueblo que parecía tener más turistas que habitantes. La juventud predominaba entre los transeúntes y, a diferencia de otros destinos anteriores, pasábamos totalmente inadvertidos entre tanto viajero de aspecto anglosajón.

Nomás pisar la calle, notamos que era imperante andar con los ojos bien abiertos a fin de evitar cualquier accidente con una de las tantas motocicletas con acoplado (conocidas como Tri) que circulaban por las atestadas calles.

El Nido parecía no estar preparada todavía para recibir tamaño caudal de viajantes. Su intensa vida social y sus angostísimas veredas entremezclaban el tráfico vehicular con los peatones en una lucha inútil por el dominio de las calles.

Tris
Esos tris que van a mil...
Tris
...solo el peligro te harán sentir

El calor reinante nos hacía replantearnos sobre si realmente estábamos en invierno, pero la noche anunciándose demasiado temprano lo confirmó. Las luces artificiales del pueblito nos llevaron a caminar en en fila india buscando un lugar para cenar.

Orientados por el aspecto y por el menú ofrecido, fuimos a parar a un restaurant llamado Jarace Grill que destacaba por su deck con vista a la playa.

Allí me propuse degustar un corte de cerdo escoltado por una obligada ración de arroz y acompañado por una cerveza San Miguel. Fue así como, con una hermosa cena en pareja con vista a la bahía, dimos inicio a la etapa más playera de nuestra aventura asiática.

Cena en El Nido
Lechon Kawali con arroz y vinagre de soja en Jarace Grill
Logo

Un café con huevos revueltos y un par de salchichas asadas nos dieron los buenos días y el impulso necesario para la caminata que nos aguardaba instantes más tarde. El cielo totalmente nublado no fue impedimento para que, previo paso por una “bakery” local en donde compramos unas facturas súper dulces con sabor a mango, comenzáramos nuestro viaje a pie en dirección sur hacia una playa bautizada como “Las Cabañas”.

Vista durante desayuno
Mirando la selva mientras desayuno
Facturas filipinas
Facturas filipinas de mango

La opción más lógica para llegar allí hubiese sido bordeando la ruta plana y unidireccional. Pero se ve que esa mañana nos levantamos más intrépidos que de costumbre y decidimos acceder a Las Cabañas bordeando la costa.

La caminata nos proporcionó casitas en la selva a nuestra izquierda, barquitos de madera reposando sobre el manso mar a nuestra derecha y toneladas de arena bajo nuestros pies.

Como no teníamos ningún apuro, aquel trayecto hacia Las Cabañas se convirtió en una experiencia en sí. Nos tomamos el tiempo necesario para contemplar los inmensos islotes de piedra caliza que emergían del mar recubiertos de vegetación.

Además, admiramos el inspirador esfuerzo de los árboles intentando cruzar la frontera de lo terrestre hacia lo acuático para recibirse de manglar. Incluso perdimos la cuenta de las embarcaciones pesqueras en cuya construcción y artesanía varias familias enteras encontraban subsistencia.

Botes del Nido
La paz de los botes
Naturaleza en el mar
La naturaleza precipitándose hacia el mar
Panorámica El Nido
Peñascos calizos emergiendo de las profundidades

Luego de una hora caminando, llegamos a un codo costero que nos planteó el desafío de atravesar su rocosa superficie. Con la paciencia debida y la ayuda mutua necesaria, medimos cada paso sobre la patinosa piedra para evitar cualquier tropezón. A la vuelta del pedregoso obstáculo se revelaría la mentada playa filipina.

Con toda la pinta de ser un parador equipado para brindar todo lo necesario que un día de playa puede exigir, resolvimos que aquel iba a ser el punto final de nuestra caminata. Para felicitarnos por nuestro esfuerzo, aterrizamos sin escalas en un barcito llamado Maremegmeg donde saboreamos un almuerzo tempranero y liviano en forma de ensaladas y jugos frutales.

Almuerzo en Las Cabañas
Ensalada Maremegme con jugo de no se qué. Muy rico todo

Cual capitán pirata que busca el lugar exacto en donde esconder su tesoro bajo una gran X, hicimos un paneo completo de la playa en busca del mejor sitio para desplegar nuestras toallas. La premisa radicaba en conjugar la lejanía de cualquier vecino con la cercanía al mar.

Desde mi perspectiva, el cielo completamente nublado resultó una bendición. El inevitable calor húmedo circundante hubiese sido una tortura en combinación con los calcinantes rayos del sol. El mar, de templado a tibio, me recibió de brazos abiertos permitiéndome un largo chapuzón ante la estoica mirada de los islotes rocosos que adornaban el horizonte.

Reposeras
La buena vida
Frase playera
Frase playera
Playa Las Cabañas
Playa Las Cabañas. Para quedarla fuerte

Tras casi de 2 horas de descanso, lectura, baños de mar (no de sol) y paseos costeros, levantamos campamento ante el inminente arribo del grueso de turistas dispuestos a copar la playa.

Regresar nuevamente por la playa hubiera hecho estragos en los gemelos de nuestras piernas. Por lo tanto, subimos unas empinadas escaleras de madera con salida a la ruta y la bordeamos de regreso hacia El Nido.

Recuerdo que durante aquella nueva hora de caminata de retorno, me llamó poderosamente la atención la cantidad de hoteles de distintos calibres que se estaban construyendo a la vera del camino. Me dio la sensación de que a aquel paraíso natural no le quedaban demasiados años fuera del circuito turístico tradicional del sudeste asiático.

Con lo que nos quedaba del tanque, dedicamos el resto del día a pasear por los puestitos locales de artesanías y conocer un poquito más del pueblo.  Además, confirmamos nuestra reserva para el island hopping del día siguiente, el cual constaba de un día entero en bote visitando varios puntos turísticos que se anunciaban de una belleza excepcional.

Solo nos quedaba rogar que el cercano tifón Auring (que nos pinchó nuestra visita a Bohol un par de días atrás) no tuviera intenciones de descargar un coletazo de lluvia para el día siguiente. Con nuestras plegarias encomendadas, regresamos al hostel para resignamos a una ducha de agua fría y apestosa pero no menos necesaria.

Escaleras selváticas
Stairway to jungle

Como ya sabrán, uno de los asuntos que forman parte del pináculo de cada uno de mis viajes es el de probar las comidas típicas del lugar. Según mis averiguaciones previas desde Buenos Aires, en El Nido había uno muy particular llamado Balut.

Luego de indagar a la dueña del hostel, me hice del dato que hablaba de un negocio a media cuadra que vendía el perturbador snack. Más rápido que un bombero, ya que el sol comenzaba a caer, hacia allí me dirigí.

Manu: “Hello, do you have Balut?”

Señor filipino: “No more today, maybe tomorrow”

Manu: “Ok… I´ll be back”

Señor filipino: “Good night”

Manu: “Good night to you”

Así fue como, imbuido por la inquebrantable voluntad de probar el Balut, me fui a dormir anhelando una mejor suerte para el día siguiente

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